El ferri de la Cía. Armas tarda una hora en
realizar el trayecto desde el Muelle de Los Cristianos
hasta el de San Sebastián de la Gomera, la capital.
Al ser
sábado, todas las oficinas administrativas están cerradas,
incluyendo la de Información Turística, museos y lugares de
interés, así que dediqué el día a pasear entre sus calles, las más antiguas, para tener de primera mano una idea de cómo se desarrolló
la vida hace varios cientos de años entre colonialistas y gomeros y
que, desde el paso de Cristóbal Colón (como último lugar de
partida hacia el encuentro de una tierra ya habitada, y que más
tarde llamarían América),
comenzaron a venir
hasta aquí a asentarse y hacer dinero con el sudor y las vidas de
los primeros habitantes de la isla, y más tarde al regresar de la
migración hacia esas lejanas tierras americanas donde también
explotaron, mataron y destruyeron la cultura local como era
preceptivo en aquella época. Aquí invirtieron sus, en muchos
casos, “ganancias de sangre”, instalándose definitivamente y
realizando prósperos negocios con la metrópolis española.
Comencé circulando por la carretera GM1 que se dirige
desde San Sebastián hacia Hermigua atravesando una
serie de paisajes de riscos, pronunciados barrancos y desniveles
aterrazados, muy escalonados, realizados como consecuencia de la
falta de terrenos llanos para cultivar, íntimamente ligado al periodo
de alta densidad demográfica que obligaba a poner en producción
nuevos terrazgo. Varios Miradores convenientemente situados
facilita la excepcional visión de los mismos.
En el núcleo urbano que llaman el Valle Bajo, aproveché para desayunar en uno de los tantos bares locales. Me contaba unos agricultores allí sentados que la economía de esta zona ha estado determinada por los cultivos de regadío -como ha sucedido en casi toda Canarias- desde la caña de azúcar en el s.XVI hasta el plátano en la actualidad, pasando por la vid, la cochinilla y el tomate. Pero también por los cultivos de autoabastecimiento, como los cereales, las leguminosas, las papas y los frutales, lo que ha dado lugar a uno de los paisajes agrarios más bellos de la isla, con los bancales escalando las laderas del estrecho valle.
Luego, un corto paseo por sus calles dominadas por la iglesia de Nuestra Señora de La Encarnación, una edificación fechada a finales del s.XIX que conserva en su interior una de las mejores imágenes dolorosas existentes en la isla, y algunas esculturas bastante interesantes. Conserva una Virgen de la Encarnación muy clasicista, con un rostro sereno acompañada de un ligero movimiento en su cuerpo y en las manos, presidiendo el nicho central del retablo de la capilla mayor. Para su realización se empleó madera, telas encoladas y policromadas que son las encargadas de imprimir la viveza que tiene la figura.
Otra de las piezas es una figura de la Virgen de los Dolores de finales del s.XIX que destaca por la dulzura del rostro que mira al cielo y la magnífica factura de las manos y el tratamiento del cabello. Según dicen, es una de las mejores imágenes dolorosas existentes.
Tras preguntar cómo poder llegar hasta la Ermita de San Juan,
situada en uno de los mejores emplazamientos de la villa -no
está indicado su acceso-, me dirigí hasta La Montañeta, en
el barrio de Las Cabezadas, circulando entre dispersos caseríos a través de una sinuosa carretera para llegar
hasta una zona de parquin. Subiendo unos escalones se encuentra su
plaza, que hace de mirador de 360º ofreciendo una de las
mejores panorámica del valle de Hermigua.
Al igual que el resto de
ermitas de esta localidad,
se trata de una modesta edificación religiosa acompañada de una
pequeña plaza con bancos y jardineras integrados en sus muros, y
bajo una gran pérgola en la que se cobijan una serie de terrazas con mesas, barbacoas,
fregaderos y un horno de leña. Lugar
ideal para encuentros familiares y amigos los fines de semana. Ahora
un poco más solitario a causa del COVID.
La importancia de la situación de esta ermita viene determinada por la belleza paisajística que revela las importantes diferencias en el uso que se ha hecho de las distintas zonas del barranco: el
valle se abre entre montañas hacia el noreste; en su falda, se
asientan la mayor parte de los caseríos y sus huertas concentradas en el margen
izquierdo por el que discurre la carretera, construida hacia la primera mitad de del s.XX. Ahí las parcelas están
aterrazadas y, en buena parte, cultivadas. La vista se detiene en la fachada de la Iglesia de
Nuestra Señora de la Encarnación y la decenas de caseríos -muchos de ellos
cuentan con alojamientos rurales, un servicio que hoy día se ha
convertido en un pilar muy portante de su economía-. En cambio, la ladera de la derecha ha presentado más dificultades para el riego, así que, tradicionalmente, sólo se ha podido aprovechar para plantar cereales de secano, como cebada o trigo. Hacia el suroeste se observa parte del Macizo
Central de La Gomera que alberga el mejor monteverde de
Canarias, el P.N. de Garajonay, un bosque formado por
una veintena de especies de árboles especialistas en captar la
humedad de las nieblas.
Continuando carretera abajo, enclavado en un barranco que se
pierde en la mirada, aparece la playa de Santa Catalina, un
espacio privilegiado donde las extensiones verdes de las plataneras
juegan con el azul del mar que rompe sobre el “callao”,
terminando en el Pescante de Hermigua, uno de los lugares más
pintorescos y reconocidos de la isla, donde aún recuerdan el pasado
exportador del municipio los cuatro prismas de hormigón de una antigua estación de carga del embarcadero,
testigos de excepción del comercio de plátanos de este municipio
que durante mucho tiempo fue el más próspero de toda la isla de La
Gomera. Debido al frecuente fuerte oleaje, los barcos no podían atracar así que tenían que ser cargados con una larga grúa. En
su base se ha acondicionado una piscina natural pero las olas y la
marea alta impedía en ese momento el baño seguro.
Si se mira hacia arriba, a lo más alto del risco, se
descubre, casi colgado en el vacío, un peculiar Mirador
transparente, que no iba a dejar de visitar más tarde, sobre todo que el
día se encontraba completamente despejado.
La carretera sigue por el Norte hacia Las
Rosas, y a pocos kilómetros se encuentra el
Centro de Visitantes del Parque Nacional de Garajonay, en un
lugar conocido como Juego de Bolas, (en La Palmita) y
muy cerca de la entrada al Parque Nacional.
En el exterior se puede disfrutar de unos jardines con una amplia
representación de la flora de Canarias y muchos endemismos
gomeros, así como las plantas utilizadas por la población local
como medicina popular y condimento gastronómico. Cuenta
con miradores para observar las cumbres del Parque
Nacional cubiertas de laurisilva.
Un pequeño inmueble llamado "La Casa de la Memoria"
recoge numerosos aspectos de la cultura tradicional: el interior de
la casa campesina, los aperos de labranza, el almacenaje del vino,
una recreación de una cueva de enterramiento prehispánico, el
silbo, el baile del tambor, y en el exterior un terreno aterrazado,
un timbeque o prensa para fabricar el vino, etc..
Una vez bien informado seguí hacia el Mirador colgante
de Abrante, un lugar de observación muy característico en el
que sus visitantes pueden ‘flotar’ en un voladizo de siete metros
de largo y suelo de cristal a 400mts. de altura sobre el
pequeño valle de Agulo, sus racimos de casas y sus terrazas
agrícolas, encajonado entre riscos casi verticales y abierto al
Atlántico. A lo lejos, se perfila imponentemente el Teide.
Concluyendo la tarde, la primera ruta que quise realizar, y así
efectuar una primera toma de contacto con el monte, fue el Sendero
nº 17 que sale de Pajaritos y circula entre varios
Fayal-brezales, circunvala el Alto de Garajonay (2h.),
con una altura de unos 1.470mts. sobre
el nivel del mar -el punto más alto de la isla-, y con unas insuperables vistas de 360º sobre el Parque Nacional y los Roques, entre ellos el Roque Agando, un gigante pitón fonolítico de 1.246mts. de altitud, antigua chimenea volcánica que millones de años de erosión ha dejado al descubierto. Y al fondo, entre la calima y la bruma, las islas de Tenerife, Gran Canaria (que apenas se percibía su contorno), El Hierro y La Palma.
El Alto, quizás por su situación estratégica y envuelto en un halo
mágico desde tiempos remotos, pues antes de la invasión de los
castellanos los gomeros tenían sus propias creencias, fue espacio propicio para adoraciones, ritos y sacrificios. Lo demuestran
los restos de altares de sacrificio de origen prehispánico encontrados
por toda la zona.
La vuelta se puede realizar dando un rodeo al Alto por el sendero que desciende hacia Igualero y regresar nuevamente al parquin.
Las Rutas de sus Senderos están bien marcadas, definidas y perfectamente señalizadas permitiendo un mejor conocimiento y disfrute de esta auténtica joya natural.