Por la mañana me dirigí a Puntallana
a desayunar. Es un municipio a
12kms. de la capital con rincones muy bucólicos como la Fuente
de San Juan o los antiguos lavaderos (Fuentiña). Famoso
por su excelente queso, es verde,
rural, tradicional, de notable tradición agrícola -predominan los cultivos de cereales, en
especial de trigo, que han garantizado la elaboración del pan y el gofio-,
e históricamente considerado como el granero de la isla.
Caracterizado por sus
profundos barrancos esta hermosa localidad se expande de mar a cumbre formando
un triángulo de tierras fértiles repleta de amplias terrazas de plataneras.
La carretera continúa en descenso tras pasar media docena de túneles, profundos riscos cubiertos de espesa vegetación, como el Barranco del Agua, un tramo de barranco de casi 3Kms. de longitud, caracterizado por tener una de las mejores muestras de cardonal de la Isla, e interesantes restos de bosque termófilo, cuyos elementos acompañantes dominantes son los cornicales y las retamas. En general el entorno presenta una alta calidad paisajística, sólo interrumpida en las proximidades de la carretera general. Varios kilómetros antes de llegar a la capital, desde el mirador San Juanito, se obtienen por la mañana una de las mejores vistas sobre Santa Cruz, bajo la caldera abierta.
La carretera continúa en descenso tras pasar media docena de túneles, profundos riscos cubiertos de espesa vegetación, como el Barranco del Agua, un tramo de barranco de casi 3Kms. de longitud, caracterizado por tener una de las mejores muestras de cardonal de la Isla, e interesantes restos de bosque termófilo, cuyos elementos acompañantes dominantes son los cornicales y las retamas. En general el entorno presenta una alta calidad paisajística, sólo interrumpida en las proximidades de la carretera general. Varios kilómetros antes de llegar a la capital, desde el mirador San Juanito, se obtienen por la mañana una de las mejores vistas sobre Santa Cruz, bajo la caldera abierta.
Como aun me quedaban dos días para tomar el ferri de vuelta y tenía
pendiente varios intentos frustrados anteriores como la subida al Roque
Bejenaro o caminar por la ruta de los Volcanes por el Refugio del
Pilar, observando que por esa parte de la isla podría estar más despejado, no dudé y me dirigí nuevamente hacia el Centro de Visitantes de la Caldera y esta vez conseguí temprano plaza de acceso para visitar la Cumbrecita.
El sendero comienza nada más empezar la pista forestal que va hacia el Mirador del Lomo de las Chozas.
Asciende al principio, por la cara N.
de la falda del Roque de los Cuervos
en la vertiente de La Caldera, en
cinco zigzag, por un pinar claro con sotobosque de amagantes, hasta llegar a una colada de lava de unos 5mts. de espesor, que se sortea por una
escalera de piedra. Luego se pasa a la vertiente del valle del Riachuelo, atraviesa una
línea de defensa de prevención de incendios forestales y comienzan las vistas a ser magníficas: el aparcamiento donde había dejado el
vehículo se veía cada vez más pequeño; los Roques
de la Cumbrecita al Norte, enmarcados por los acantilados de la Punta de los Roques; al Este, Las Laderas, paredones con barrancos
poco definidos salvo en las partes altas donde destaca el Roque de la Perra y los pitones que, como réplica, aparecen bajo sus
pies debajo de Las Laderas. Las pendientes se amortiguan permitiendo la presencia de un pinar denso no muy viejo, muestra de usos agrícolas y pastoriles hasta no hace mucho. En éste lado del valle sale por la parte baja la protuberancia del Roque Grande, que termina al pie de la pista de acceso a La Cumbrecita en un paredón; al Sureste, la Cumbre
Nueva con sus frecuentes cascadas de nubes y el inicio de Cumbre Vieja; Al oeste, como no, La Caldera que empequeñece al Riachuelo con su exagerada dimensión.
A
medida que se asciende, se gira de nuevo a la vertiente de la Caldera en la falda N.
del Roque de los Cuervos. En la
divisoria ya se obtiene una mejor vista del interior del Parque y de la grandiosidad de la depresión calderiforme. A partir
de este punto, el sendero atraviesa una zona entre dos acantilados. En el
recodo donde empieza de nuevo la subida hay otro mirador natural hacia el Bejenado. Junto al sendero hay varias
parcelas valladas de experimentación floral para conocer el efecto de los
herbívoros introducidos sobre un conjunto de especies de árboles y arbustos que
se encuentran en la actualidad de forma escasa en el sotobosque del pinar y a
veces se las puede observar en acantilados y, también, para conocer el hábitat
potencial de las mismas. Cerca de los grandes paredones de roca viva se aprecia especies rupícolas como los bejeques, cinco-uñas, lechugones, gacias, tagasastes vinagreras, cedro canario y algunas plantas raras como la garbancera.
A lo largo del recorrido se pasa desde su inicio hasta
el final por un bosque típico de pinar con un sotobosque escaso, principalmente
amagantes y corazoncillos, a no ser aquellas zonas que se encuentran en la
umbría, donde se pueden ver mayor variedad de especies. Al llegar a la
cresta hay un cruce de senderos y el destino final se encuentra a la
derecha (Oeste). Desde el punto más alto de este recorrido, la terraza del Pico Bejenado con sus 360º
de visión panorámica -la mejor panorámica del Parque Nacional y sus 1.853mts. de altura-, se puede observar
en días despejados el valle de Aridane,
Cumbrevieja, Cumbrenueva, toda la crestería
de la cumbre, el Roque y gran
parte del fondo de la Caldera de
Taburiente y , por supuesto, disfrutar de
su majestuosidad. Al fin y al
cabo dentro de la caldera es la única montaña solitaria, ya que el resto de
picos tienen formación en cordillera.
De nuevo en el parquin y tras 5h
extraordinarias de pateo tomé dirección hacia la carretera de la cumbre (LP-3) para dirigirme al Refugio del Pilar por la carretera
secundaria (LP-301) que cruza la isla de E. a O.,
atravesando la mitad aproximada de la
dorsal montañosa que divide la Isla. Una revirada carretera realmente
impactante que regala potentes vistas sobre los parajes volcánicos. Visto desde la lejanía, el Roque Bejenaro con su aspecto ancho y erguido tras el valle de Aridane y sobre el centro de la Caldera que hace que su imagen haga parar la respiración a todos los que aman las montañas y, al fondo, las imponentes paredes de la Caldera de Taburiente. Los conos
volcánicos repartidos por su superficie recuerdan el origen geológico de la
isla.
El camino comienza bajo las altas copas de pinos que apenas filtra la luz y a medida que va ganando altitud las extraordinarias vistas se amplían hacia la mitad N. de la isla sobre un fondo de picos volcánicos, piconeras, zonas de pinares y el Pico Bejenado recortado contra las paredes que conforman el circo de la Caldera de Taburiente. Es significativo como se alternan los pinares con las coladas de escoria de una de las primeras erupciones de las que se tiene constancia histórica, la del volcán Tacande o Montaña Quemada en 1480. Mientras, se va bordeando el Pico Birigoyo (1.808mts.) que constituye el primer cono que hay salvar de la larga cadena de volcanes que afloran, en forma de dorsal. Me encontré el espeso mar de nubes a media altura, por debajo de la cota de los 1.000mts., suficiente para obtener unas extraordinarias vistas del entorno, aunque no de los volcanes más alejados. De fondo, la silueta del majestuoso Teide.
El sendero comienza a descender hasta llegar a una ancha travesía de tierra y piedra que conduce hacia el interior de los bosques de pinos canarios realzados contra el oscuro paisaje volcánico. Los rojos, ocres y negros terrenos yermos contrastan con los luminosos verdes y amarillos de los pinos y de los líquenes que se aferran a la roca viva y caliente aún del sol que ha hecho todo el día. Esta parte de la ruta es en constante subida, algo aburrida y monótona que me hace pensar que la ruta desde el S. es muchísimo más impresionante. Un sendero a la derecha se dirige hacia el Pico Nambroque (1.922mts.), con su singular perfil de meseta, dejando atrás y más abajo al volcán San Juan, que entró en erupción en 1949. Desde ahí vuelve la cuesta arriba y el pinar empieza a aclararse.
Un poco más adelante
aparece, a la derecha, el formidable agujero del cráter del volcán Hoyo Negro que entró en erupción en esa misma fecha. Algunos pinos han colonizado las laderas
del cráter proporcionando el color ocre de sus acículas secas al suelo, que
contrasta con el negro intenso de las rocas y el verde brillante de sus ramas que se recortan contra el océano azul. Y en la lejanía, el perfil del Teide. Sin duda alguna, un paisaje único. Estaba casi en la parte más alta del parque natural de la Cumbre Vieja. Un
poco más allá el siguiente volcán, el del Duraznero, que también en 1949
entró en erupción. Su cráter, un lago de lava solidificada vertida ladera
abajo hacia la costa E. de la isla
como si el tiempo hubiera detenido el fluir del magma.
Y más adelante los
volcanes de La Deseada (1949mts.) el punto más elevado de la
ruta y hasta donde quería llegar pero no fue posible. Me entretuve en exceso observando tanta espectacularidad y se había hecho la hora que establecí para volver. No quería que me cogiera la oscuridad de vuelta al Refugio. Me conformaba con las
vistas obtenidas en las cuatro horas y media de paseo por senderos que recorren uno de los paisajes más
bellos de la isla en el que la fuerza de la naturaleza ha emergido desde las
entrañas de la tierra dejando su huella en forma de paisaje atormentado y árido, y pensando que “había cumplido la misión”.
En épocas históricas se tiene constancia de
las siguientes erupciones volcánicas en la isla que transformaron el paisaje y el relieve:
1480, volcán Tacande
1585, volcán Tahuya
1646, volcán Martín de
Tigalate
1677, volcán San Antonio
1712, volcán El Charco
1949, volcanes Duraznero,
Hoyo Negro y Figura de San Juan
1971, volcán Teneguía
De suerte que pude llegar hasta el Refugio con tan escasa luz como para poder prever los cruces de senderos entre el pinar, librándome en varios momentos de desorientarme pues no había nadie alrededor que me pudiera indicar dónde se encontraba exactamente el área recreativa. Abandoné el lugar caída la noche dirección Sta. Cruz.
Al alcanzar la cota de nubes entré en la espesa niebla y comenzó la lluvia. Debía elegir dónde
quedarme a pasar la fría noche que se presagiaba y la zona de Los Cancajos parecía algo más
despejada, así que volví a su zona de parquin y allí me quedé junto a otros vehículos-vivienda. El siguiente día tenía que estar en el muelle a las 9 de la mañana para coger el ferri con destino Los Cristianos. Volví a cenar en
el excelente restaurante Tiuna,
mientras ordenaba con el portátil las rutas realizadas.
Esto ha sido todo. Un viaje entre 3 islas. Un viaje determinado por la pandemia que si por un lado me ha permitido conocer algunas de mis islas desde otro punto de vista aventurero, por otro no me ha permitido disfrutar de todas sus excelencias por estar cerradas como consecuencia del COVID. La gente, "enmascarada" y en parte asustada, ha frenado esa cercanía e interacción que tanto me encanta desarrollar cuando viajo. Aún así, ha valido la pena el esfuerzo.
Bendita mi Tierra isleña, y bendito el Mar que la baña.